Migración · 25 de octubre de 2026 · 3 min de lectura
Las historias de las que venimos
Mi historia con la migración no empezó en 2020, sino con mis nonni. Sobre lo que heredamos sin darnos cuenta y lo difícil que es construir un lugar al que pertenecer.

Mi historia con la migración no comenzó en 2020. Yo diría que empezó alrededor de 1950, o incluso antes (tengo que preguntar en casa), cuando “mis nonni” se fueron de Italia a Venezuela.
Ahí te das cuenta que nuestras historias comienzan antes de que naciéramos. Que, de alguna manera, una parte de las decisiones que tomé, de las cosas que me cuestan y de la forma en la que entiendo la vida tiene que ver con historias que no viví, pero que también son mías.
Yo crecí en una casa de migrantes. La migración no era una idea lejana ni una historia que escuchaba de vez en cuando. Era parte de mi familia, de nuestra historia y de la manera en la que llegamos a construir una vida en otro lugar. Por ejemplo: nosotros nunca nos acostumbramos a comer hallaca en diciembre.
Quizás crecer en ese contexto me ayudó a vivir mi propia migración de una manera más ligera. Irse, empezar de nuevo y buscar una vida era algo que, de alguna forma, ya conocía. Era lo que tocaba si quería expandirme. No era necesariamente fácil, pero tampoco era algo completamente desconocido.
Sin embargo, con el tiempo también he pensado en otra posibilidad: ¿y si conocer tan de cerca la historia de mi familia me hizo entender que no necesariamente quería que las generaciones que vinieran después de mí tuvieran que pasar por lo mismo?
Porque una cosa es reconocer que migrar puede abrirte puertas, darte oportunidades y permitirte construir una vida que quizás no habrías podido tener en otro lugar. Y otra muy distinta es aceptar que irse tenga que ser siempre la mejor opción para vivir mejor.
A veces me pregunto cuánto de lo que hacemos responde a nuestros propios deseos y cuánto tiene que ver con las decisiones que otros tuvieron que tomar antes que nosotros. Cuántas veces repetimos historias familiares sin darnos cuenta y cuántas veces intentamos hacer algo diferente precisamente porque conocemos esas historias.
Hace un par de años, mi psicóloga me habló del sentido de pertenencia, es una idea que se me quedó dando vueltas.
Pertenecer parece algo sencillo hasta que te toca preguntarte dónde perteneces realmente. Qué lugar sientes como tuyo. Dónde están tus personas, tus costumbres, tus recuerdos y esa sensación de no tener que explicar demasiado quién eres para sentirte parte de algo.
Y he descubierto que construir ese sentido de pertenencia es mucho más difícil de lo que parece. Porque puedes vivir en un lugar durante años y seguir sintiéndote un poco de afuera. Puedes acostumbrarte a una ciudad, conocer sus calles, tener tus rutinas y construir una vida, pero eso no significa que automáticamente sientas que perteneces a ella.
Quizás por eso me interesa tanto entender las historias de las que venimos. No solo las grandes historias familiares, sino también esas pequeñas cosas que heredamos sin darnos cuenta: las formas de querer, los miedos, las expectativas, las ideas sobre lo que significa tener una buena vida y las decisiones que creemos que tenemos que tomar para conseguirla.
Por eso quiero empezar este blog.
Quiero escribir sobre mi vida, sobre las cosas que me pasan, las preguntas que me hago y las ideas que voy cambiando a medida que crezco. También quiero compartir algunas de las historias que aprendo de mis pacientes, siempre cuidando su privacidad, porque escuchar a otras personas también me ha enseñado mucho sobre la vida, sobre las relaciones y sobre las distintas maneras en las que intentamos salir adelante.